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| Debemos sanar nuestras heridas para poder perdonar... |
Tenemos el deber con nosotr@s mism@s de permitirnos ser felices, pero lo más seguro es que no lo logremos si aún los sentimientos de tristeza, decepción, rencor y rabia perduran en nuestra alma. Hay una razón básica para perdonar: “el sentirme bien y vivir bien”. Si lo reflexionas por un momento, el acto de perdonar no se basa tanto en “quitarle un peso de encima” a quien nos lastima, porque ell@s sea como sea, seguirán viviendo o mal viviendo, su mundo no se acaba ahí. Mas bien, el perdón es un acto que nos beneficia directamente a nosotr@s: ya no tenemos rencores que llenen de obstáculos nuestro sendero, tenemos un corazón inmenso en donde sobra el amor y la sensatez y, como valor agregado, hemos empezado a manifestar que en nosotr@s hay un pedacito de ese don que en much@s escasea: sabiduría.
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| El perdón es sincero, te ragala esperanza y grandeza |
Pero esta no es la esencia del perdón… Perdonar es una experiencia tan sublime que lejos está de acercarse a los linderos de las apariencias, la traición, los moralismos o la venganza. El perdón suele adornarse de la tranquilidad del tiempo y de un corazón sosegado por la esperanza y la fe. Podemos perdonar desde la distancia e incluso podemos hacerlo sin que el o la otra se entere de ello. La decisión está en nosotr@s, total, somos dueñ@s de nuestros sentimientos, podemos elegir quedarnos en el árido desierto de las desventuras o crear nuestro propio oasis de sabiduría y amor, en el que seguro no extrañaremos el dolor que nos ocasionó alguien que decía amarnos.
Con amor...
© Lluvia
Foto Créditos: Foto1, Foto 2







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